Hemos olvidado un concepto muy importante en nuestras vidas:
¿De dónde venimos? Cuestiones de fe, de ciencia o de letras; todos tenemos un precepto, un instinto que nos responde, con una idea general o no, esa leve pregunta. Venimos del “Big Bang” o venimos de un dios celestial. El mismo origen, compendio de dos observaciones que solo nos recuerda que por algo somos iguales y tan distintos.
Si observamos alrededor el andar de las personas, su rutina diaria ha dejado vacilar las preguntas más percibibles de nuestra realidad personal y social, es un poco difuso sentir que no pertenecemos a nada que conozcamos concretamente y a la vez tan definido y dominado por leyes físicas tan particulares. Debemos volver a sentarnos en la orilla de la cama, mirarnos en el espejo, observar nuestros ojos, nuestra nariz, orejas, boca, etc…
¿Qué vemos?
El reflejo de los miedos y sueños de una sociedad que ha olvidado todo, que se ha apoderado el consumismo y vanidades tan efímeras como el cambio de modelo de teléfono cada mes. Nos hemos convertido en pasos sin pisadas, en rodados simplemente. Ni siquiera podemos decir que leemos un libro para conocer al escritor. Ya ese detalle tampoco parece importante. Entonces…
¿Por qué la novela de la noche tiene más valor que el vecino que le grita a su familia del otro lado?
¿Por qué es más valiosa la calificación de 10 a costa de lo que sea, en comparación con el verdadero aprendizaje?
¿Por qué es más importante demostrarle al mundo que ganamos un buen salario y tenemos un buen carro, cuando nos estamos derrumbando por dentro vacíos y solos?
¿Por qué hemos considerado al pobre culpable de su desgracia y el rico, ganador por su dicha?
¿Por qué?
Por qué ya no consideramos que eso valga algo. No importa. Por muchas luchas que uno considere, algo que nos ha consumido la fe y la esperanza: la costumbre de los días de siempre.
Aun así, sería un deber levantarnos y decir que el tiempo nos alcanza y que ahí está el mundo esperando que corra, llore, ría, grite, salte, cante, baile y sueñe con él. Abrazarlo para sentirnos vivos, luchar para vernos mejor.
B.
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