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En un punto de la vida



Aficionarse a métodos de reserva en el arte, magnifica nuestros sentidos y sobretodo; permite que desenvolvamos rastros de piel que ocultábamos.

Cuando dibujo o pinto, como todas las demás actividades, me saturo de ansiedad y conservo la mala racha de no concluir en muchas veces, ante una experiencia imperfecta.

Los placeres que la vida ha proporcionado son tan dispares, que no complementan los conceptos subjetivos que alguien pose sobre un individuo; siendo la filosofía de las masas un compendio personal de sobredosis de nosotros mismos.
A veces, me siento así. Tan saturada de mi. Tan llena de irracionalidades, conversaciones inconclusas de todas las partes de mi conciencia, el debate de las masas y la búsqueda de abogados del amor. Es tan complejo asumir que otros tienen la responsabilidad de aconsejarnos.

Pues, ¿Qué es un consejo?
La particular aversión de algo que somos capaz de volver a cometer y que esperamos otro asuma errando propiamente dicho.

No creo en consejos pero como me gusta darlos, he vivido cosas inocuas y tal vez muy ampliamente, percibo que todo tiene que ser como es, aunque en las noches llore porque me duele así. Me duele, porque en el fondo si influye lo que otros dicen que duele, o acaso es un instinto del corazón?.

Me afecta saber que he perdido ese rumbo. Ese rumbo que mis consejos podían responder, cuando considero que debo y debí vivir sin nostalgia ni precipitación.
No todos los días nos preparan para ser abusados, para ser amantes, para ser burlados; todo en un contexto sin motivo real que solo nos lleva a la muerte lenta y silenciosa de nosotros mismos.

Y eso, es lo más triste.



Pintando y dibujando desde que comía crayones.  

Pero simplemente, aún deseo que me entre el poder mágico de Doraemon y haga retratos a vivo y todo color.

B.



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