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¿Lo
mataste?
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Supongo
que le hice un favor…
-
Supongo
lo mismo también. Un cuerpo que solo pertenece a los rastros del viento no
podría convivir con la tierra. O eso creíamos. Me alegra que lo hayas hecho. Lo
necesitaba.
-
Tuve
un momento para decirle que… creía que competía con el amor que tenia entre sus
piernas. Que tan miserable se puede ser, un toque… Un beso. Los besos que le di
solo me dejaron caer.
Un perfil psicológico de lo más práctico era la
conclusión del sociólogo Sebastián Ebers, durante sus pocos años de carrera
aplicada al estudio del origen del crimen en los países tercermundistas
simplemente le había reparado dos grandes causas: el hambre y el sexo. La
pasión en la convivencia diaria del pueblo de Grand Roche prevalecía hasta en
las épocas más invernales del año. Los fríos que acompañaban todo el sitio, con
esa nieve tan espesa, seducían las manos de cada uno de los que vivían en aquel
sitio. Capaz una maldición de actividades ninfomaníacas que perturbaba la
bondad de los ciudadanos, con miedos improbables de que saliesen satisfechos de
sus rutinas.
Tuvo que dirigirse a Santa Clara para reportar
el crimen. Algo de rutina, un “poco de sucio” como le llamaba; todo lo que se
necesitaba era despejar las emociones. El elemento principal habían sido las 30
horas seguidas de un asunto sadomasoquista sobre la víctima, con las manos
amarradas por dos pañoletas de seda persa de color amarillo, junto con un
ushanka de color negro que se le había colocado en la cabeza. La víctima había sido
encontrada en el piso 9 del Hotel Ponto de la Calle de Los Pueblos en Grand
Roche, donde se noto la presencia de gran cantidad de películas pornográficas,
nada diferente para alguien que seguramente no era el mas acompañado de los
individuos. Damián Rosfford se dedicaba a la venta de materiales de oficina, en
un sitio con un prestigio llamado Safari. Su trabajo tan común y corriente,
donde vivía absorbido detrás de la computadora del mostrador a apasionados
momentos de soledad que opacaban su desempeño laboral. Había sido notificado
dos veces ante sus jefes sobre sus actitudes irresponsables y pocas éticas en el
trabajo, donde la desvergüenza ante muchos clientes que en su mayoría no eran
del pueblo, sobrevolaban los OH y los AH con caras de bochorno del tamaño de
una pelota de futbol. Obvio, todos eran
un poco hipócritas.
Sebastián conocía esos perfiles,
haciéndose referencia a sus estudios en
los barrios más versátiles donde había hecho sus estudios de maestría.
Recordaba los niños saltando en los techos para tratar de alcanzar el avión:
¡Avión! ¡Ahí va un avión! Animales ingenuos, especies en extinción. Las abuelas
jugando barajas, regañando al chiquillo, haciendo la comida y los gatos entre
los basureros que tenían más de una semana de estar hasta sus bordes.
Se escuchaba un alarido en los ventanales de
madera, salían unos chiquillos corriendo como si les echaran agua caliente. Mas
caliente era lo que había en el colchón de trapos viejos que se había hecho
para actos no tan delictivos. Las tardes se utilizaban para entretenimientos
mas complicados.
-
¡Que
sitios! Esto debería ser consecuencia de tanta desestimación y prepotencia en
las familias… Si es que pueden haber familias. Si en la familia de Lola, nunca
lo olvidare, vivió tres abusos y aun así, siguió perdonando. ¿Cómo pudo
perdonar tanta asquerosidad? Fuese yo, les meto un tiro a todos. Solamente de
imaginar volverlos a mirar a la cara, esa risa de infamia y burla, esos oídos
sordos de la abuela, la madre que lloraba, el perro ladraba, que más hacia
falta. Un suicidio. Eso, eso era lo que hacía falta…
B.
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